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Él

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Resplandecía y resplandecía, agonizaba y agonizaba silenciosamente. Estaba tan lejano, a años luz, pero lo podía tocar con mi mente. Yo lo seguía con la mirada humedecida. Él me dio tres abrazos antes de desvanecerse. Anoche lo dibujé tantas veces, hasta que sangró mi mano adolorida. ¡Quédate aunque sea un momento! Pero que sea el mejor de nuestra vida. Te susurraré al oído un poema infinito, quiero pernoctar en tus sueños, alma mía. ¡Se clava, se entierra, me desgarras! Mi estómago se aqueja. Mírame, mírame, ten piedad de mí. Extiendo mi mano para poder tocarte, y te desvaneces en ilusiones enfermizas.

CONFUSIÓN

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Algo de mí muere En blanco y negro, al frío adverso, a la cortada punzante, ¡muero por tu indiferencia! Tiras del cordón con fuerza, y después lo sueltas con ligereza. ¡Me ilusionas y me abandonas! Cierro los ojos para no despertar. Se muere mi cordura, pues si no es ella, ¿por qué juicio ya no siento? Tu color áspero, dolor agrio, poético gemido agonizante. Mi sombra cruza la barrera del fuego, se rebela contra tu olvido. Moriré al amanecer, en los fluidos de la mañana.

CONTUSIÓN CARDÍACA

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Anoche una tormenta de angustia inundó mi mente; el grito de mi corazón, exaltado, retumbó en la habitación. Se manifestó una sombra más negra que la oscuridad. ¡Era tu recuerdo! Acechando el borde de mi lecho. Se convirtió en un íncubo que se montó sobre mi cuerpo, paralizado y frío. Me embistió salvajemente y devoró mi alma a besos. Desperté sudando tu aroma, balbuceando tu nombre, rehusándome a olvidarte, como un ente embrujado que ha perdido la voluntad.

Flores Negras

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 Mis manos ansiaban sentir el temblor de tu cuerpo, anhelaba la fragancia de tu sudor excitado, y lo único que me quedó de ti fueron tus cabellos largos, aparecían en mi almohada, regados por los rincones de la casa donde nos amamos. Fui a buscarte entre el gentío, en las calles desoladas, caminé entre los vagabundos del centro, regresé a los lugares donde coincidimos, y en todos lados encontraba tu rastro. De camino al trabajo, a la universidad, en los parques, en las librerías, veía tantas mujeres parecidas a ti. En los conciertos las había por montones, como ramilletes de flores negras, con sus cabellos largos y ojos oscuros, con indumentaria de terciopelo y encaje negro. Incluso grité tu nombre, y dos o tres de ellas voltearon. A diario, en todos lados, veía mujeres tan parecidas a ti. Algunas eran feas y raras, otras, más bellas, más inteligentes, más simpáticas... pero ninguna de ellas eras tú. Pude haberme conformado con una de las más feas, o deleitarme con una de las más b...

HAY NOCHES EN LAS QUE VALE LA PENA MORIR

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La luz de plata llena mis pupilas, hace la noche más romántica. ¡Mozart, ven a mí! Viajemos juntos a la atmósfera etílica. ¡Tócame, tócame toda la noche! Tu pequeña música nocturna, y riamos como locos e imbéciles. Brindemos sin razón para después terminar fornicando. Abriré la puerta para que entre el viento helado. Yo, como tú, moriré en el olvido de los que dijeron una vez amarnos. Son las tres de la mañana, mis ojos están cansados, se desvanecen mis pensamientos, opacados por tu blanca sonrisa. Escucha mis gemidos de placer, el gorjeo del gorrión y el canto de los grillos, tú y yo, embriagados todo el tiempo de ¡no sé qué! Se cerrará el telón rojo de terciopelo. Qué tristeza cuando todo se acaba. ¡Despierta conmigo, Mozart! Vámonos a ¡no sé dónde! Ahí viviremos de los excesos y de música, seremos unos inmortales trasnochados. Cecilia MerMor